Dicen que uno es consciente de su propia vida cuando es consciente de su propia muerte. O al revés. Yo hace tiempo que pasé por esa etapa, pero ahora me toca vivirla otra vez.
Esta mañana murió mi gatito. Me lo encontré justo delante de mi casa, al otro lado de la acera, helado, y con un hilillo de sangre que todavía ahora continúa marcando el asfalto. Lo he recogido, le he llorao y le he dado un entierro digno, bajo un chopo.
Ya he pasado por aquí, a lo largo de mi vida he asistido al entierro, cuanto menos simbólico, de la mayoría de mis mascotas, pero este trance es mucho más doloroso cuando se trata de un niño. Y yo todavía no se lo he contado al mío. Entre otras cosas, porque en menos de un año, se le han muerto Pepita(una periquita) y Paco(un pececillo idéntico a Nemo, el dibujo aventurero). Pero esto es mucho más complicado, Monty era su más querida mascota. Sí, ya sé que muchos dirían que al fin y al cabo sólo era un gato... pero solamente los que amamos la vida por encima de todo nos damos cuentas de que era más que eso. Era un amigo. Felino, pero un amigo.
Y todo esto me ha hecho recordar el primer animal que tuve, con seis años. Era una gata atigrada, llamada Jeza, que mi padre me regaló a los cuatro años. Un día nos mudamos, ella no se adaptó bien y se escapó. Aquello supuso un trauma para mí, e hizo que creara unos vínculos emocionales muy fuertes con cada bichejo que caía entre mis manos. Unos vínculos que todavía hoy perduran en mí.
A los pocos(o muchos, no lo sé todavía)que leeis este humilde blog, quiero preguntaros: ¿recordais vuestra primera mascota? ¿Cómo se llamaba? ¿Y qué pasó con ella?